A Güímar la estaban sumergiendo en una apatía, monotonía, en un pueblo gris, como bien lo reflejaba la pintura del kiosco de las flores. La intoxicación de poder, consecuencia de llevar muchos años en el cargo, de creerse que esto es una herencia recibida, aún peor que todo un “socialista”, creerse que era un señor feudal.
Había que tomar medidas contra aquel, que no supo valorar a quien lo colocó en el poder de la alcaldía durante seis largos años que lo resucitó, políticamente, de sus cenizas.
Se le atragantaba aprobar plenariamente otorgar el nombre de una avenida de entrada al municipio a la persona que le mostró su apoyo y gracias a la cual vio cumplido su sueño de “saborear el poder”. Eran tales sus ansias de ser un “alcalde facha” que en el primer número de la desparecida revista “Las Cuatro Esquinas”, titula en cabecera “el innombrable reelegido alcalde de Güímar” cuando la noticia de portada tristemente era otra.La Gran Hermana o la señorita Rotenmeyer (Lali) había instaurado la política del miedo en el ayuntamiento, abriendo expedientes disciplinarios sin razón y creando la “Ley del embudo”, lo ancho para mí, lo estrecho para los trabajadores, tratando a los profesionales de la administración, como si estuviera impartiendo una clase en la época de Franco “lo que usted mande señorita Rotenmeyer”, olvidando al pequeño comerciante del municipio y trabajando con grandes marcas comerciales, que como pago, presuntamente, a sus adjudicaciones se benefició de un maravilloso crucero por el mediterráneo.
Se le atragantaba aprobar plenariamente otorgar el nombre de una avenida de entrada al municipio a la persona que le mostró su apoyo y gracias a la cual vio cumplido su sueño de “saborear el poder”. Eran tales sus ansias de ser un “alcalde facha” que en el primer número de la desparecida revista “Las Cuatro Esquinas”, titula en cabecera “el innombrable reelegido alcalde de Güímar” cuando la noticia de portada tristemente era otra.La Gran Hermana o la señorita Rotenmeyer (Lali) había instaurado la política del miedo en el ayuntamiento, abriendo expedientes disciplinarios sin razón y creando la “Ley del embudo”, lo ancho para mí, lo estrecho para los trabajadores, tratando a los profesionales de la administración, como si estuviera impartiendo una clase en la época de Franco “lo que usted mande señorita Rotenmeyer”, olvidando al pequeño comerciante del municipio y trabajando con grandes marcas comerciales, que como pago, presuntamente, a sus adjudicaciones se benefició de un maravilloso crucero por el mediterráneo.
Como cerdos en el fango se regodeaban de tener el poder, de guardar el dinero público para gastárselo los últimos meses antes de las elecciones municipales para que el pueblo contemplara los buenos gestores que eran y que en un momento de crisis harían obras para el disfrute de los ciudadanos, de manera que éstas se tradujeran en votos hacia su formación política.
Pero, volviendo al principio, a la mañana del trece de mayo, a la hora de presentar la moción de censura, entramos dos grandes “amigos” del entonces alcalde, Francisco Armas y quien les habla Víctor González, subimos a la secretaria general para que nos dieran luz verde y poder presentar el documento en el registro general, y eso hicimos. Cuando el matasellos sonó se oyeron aplausos desde distintos departamentos, desde aquel entonces comprendimos que lo que podía venderse como algo malo pasó a ser bueno, un año después se ha visto reflejado en nuestras calles y lo que es más importante, en nuestras gentes.
Pues sí, el trece de mayo algo cambio en Güímar.
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